por Ligia Houben | Jul 13, 2026 | Blog ES
Tenía apenas 12 años cuando mi amado padre falleció de manera repentina. Mi madre tenía 52 años.
Mi mamá en un instante perdió al hombre que amaba profundamente, al padre de sus hijas, al compañero de su vida y al futuro que ambos pensaban seguir construyendo juntos.
Y, apenas un mes después, mi madre perdió también a su propia madre, mi abuelita.
Mi mamá tenía una relación muy especial con ella. Compartían un vínculo profundamente amoroso, y perderla tan solo un mes después de la muerte de mi padre fue otro golpe devastador. Entiendo de corazon ese vínculo porque yo también fui extremadamente unida a mi madrecita. Ella no era solamente mi mamá; era mi amiga y mi confidente.
Hoy, cuando miro hacia atrás y pienso en todo lo que mi madre vivió en un período tan corto de tiempo, muchas veces me pregunto:
¿Cómo lo hizo?
¿Cómo logró levantarse cada mañana después de perder al hombre que tanto amaba y, apenas un mes más tarde, perder también a su madre, con quien compartía un vínculo tan profundo y tan lleno de amor?
¿Cómo encontró la fuerza para seguir adelante?
A los doce años no tenía las palabras para comprender lo que estaba presenciando.
Sabía que mi madre estaba de duelo.
Veía su tristeza.
La veía llorar.
Estuvo de luto, vistiendo de negro durante tres años.
Mi mamá nunca ocultó su dolor.
Pero también la veía levantarse cada mañana y continuar viviendo.
Mi papá fue dueño de una exitosa empresa distribuidora de automóviles y, cuando falleció de manera inesperada, alguien tenía que asumir la presidencia de la compañía.
Mi mamá nunca había trabajado en la empresa.
Era a principios de la década de los setenta, en Managua, Nicaragua. En aquella época no era común que una mujer dirigiera una empresa automotriz. Era un mundo completamente desconocido para ella.
Sin embargo, de un momento a otro, le dijeron que debía hacerse cargo.
Y lo hizo. Mi madre se convirtió en la presidenta de la empresa de mi padre.
¿Se imaginan?
Mientras llevaba en su corazón un dolor inmenso, asumió una responsabilidad que nunca antes había tenido.
Pero había una frase que repetía con frecuencia y que jamás se me ha olvidado.
Cada mañana, antes de salir de la casa, decía:
«Voy a continuar con el legado de tu papito». Esa era su razón.
Eso era lo que daba sentido a lo que estaba haciendo.
Por supuesto, en aquel entonces yo no entendía nada de esto.
No sabía qué era el duelo.
No conocía el concepto de resiliencia.
No sabía que era posible encontrar significado después de una pérdida.
Solo sabía que observaba a mi madre mientras yo también lloraba la muerte de mi padre.
Y lo que vi quedó grabado para siempre en mí.
Muchos años después, cuando estudié Tanatología y dediqué mi vida a comprender el duelo y la pérdida, finalmente entendí lo que mi madre había hecho.
Había encontrado un significado.
Continuar el legado de mi padre no significaba que hubiera dejado de extrañarlo.
No significaba que hubiera «superado» su pérdida.
Ella llevaba a mi papa siempre con ella.
Mantenía vivo su nombre.
Hablaba de él.
Honraba todo lo que él había construido.
Y decidió continuar aquello que había levantado con tanto esfuerzo. Su amor por él se convirtió en parte de la razón para seguir adelante.
¡Qué enseñanza tan valiosa!
A veces pensamos que encontrar significado después de una pérdida implica descubrir algo extraordinario o emprender una gran búsqueda.
Pero, muchas veces, el significado nace simplemente de responder una pregunta:
¿Qué puedo continuar haciendo para honrar la vida de esta persona que tanto amé?
Mi madre decidió continuar el legado de mi padre.
Y, sin darse cuenta, también me dejó un legado a mí.
Me enseñó cómo seguir viviendo después de una pérdida.
No porque un día se sentara conmigo a explicarme qué era el duelo.
Nunca lo hizo. No se hablaba de ese tema.
Me lo enseñó porque yo la observaba.
La vi llorar.
La vi extrañar a mi padre.
La vi honrarlo.
Y la vi seguir adelante.
Esto es algo que hoy comparto con frecuencia con las personas a quienes acompaño, especialmente con padres y madres que están atravesando un duelo.
Nuestros hijos nos observan.
Eso no significa que debamos ocultar nuestras lágrimas.
Por favor, no lo hagas.
Nuestros hijos necesitan saber que el duelo forma parte del amor.
Necesitan aprender que está bien llorar, extrañar, sentir dolor y pronunciar el nombre de la persona que murió.
Pero también están aprendiendo de nosotros.
Están aprendiendo qué significa enfrentar una pérdida.
Están aprendiendo que podemos experimentar un dolor inmenso y, aun así, encontrar una razón para levantarnos cada mañana.
Están aprendiendo que la vida puede cambiar para siempre y que, aun así, podemos aprender a vivir en ese mundo transformado.
Yo aprendí eso de mi mamá.
Quizás por eso, tantos años después, dediqué mi vida a acompañar a otras personas en sus procesos de duelo y pérdida.
Tal vez la semilla comenzó a sembrarse cuando aquella niña de doce años observaba a una mujer que había perdido tanto encontrar una razón para seguir adelante.
En ese momento no sabía que algún día me convertiría en tanatóloga.
No sabía que desarrollaría los 11 Principios de Transformación®, donde el concepto de encontrar significado ocupa un lugar esencial para continuar viviendo con propósito.
No sabía que dedicaría mi vida a ayudar a otras personas a descubrir fortaleza, significado y esperanza después de una pérdida.
Pero hoy, cuando observo mi vida y mi trabajo, puedo ver claramente el hilo que une toda mi historia.
Mi padre dejó un legado.
Mi madre continuó su legado.
Y, por la manera en que eligió vivir después de perderlo, ella pasó a formar parte del mío.
Hoy llevo a ambos conmigo.
No solamente en mis recuerdos.
No solamente en mi corazón.
También en el trabajo que realizo.
Cada vez que me siento junto a alguien que está sufriendo…
Cada vez que le recuerdo a una persona que el dolor y el amor pueden coexistir…
Cada vez que acompaño a alguien a descubrir que la vida aún puede tener significado…
También hay una parte de mi historia allí.
Está esa niña de doce años que observaba a su madre vivir el duelo.
Y está una madre que, sin saberlo, le enseñó a su hija una de las lecciones más importantes de su vida:
Podemos sufrir profundamente y, aun así, seguir viviendo.
Podemos llevar siempre con nosotros a quienes amamos.
Podemos honrar sus vidas.
Podemos continuar su legado.
Y, muchas veces, a través de la manera en que decidimos vivir después de una pérdida, terminamos creando nuestro propio legado.
Gracias, mamá.
Hoy comprendo lo que entonces no podía entender de niña.
Me enseñaste a seguir viviendo después de la pérdida.
Y he llevado esa enseñanza conmigo durante toda mi vida.
Ligia M. Houben
por Ligia Houben | Jun 29, 2026 | Blog ES
Hay momentos que cambian nuestra vida para siempre.
Un desastre natural, como un terremoto, puede transformar la vida en cuestión de segundos. Lo que hasta hace un instante parecía seguro deja de serlo. Cambian los hogares. Cambian los planes. Y, para muchas familias, la vida queda dividida en un antes y un después.
Hoy mi corazón está con Venezuela.
Está con quienes lloran la muerte de un ser amado. Con quienes todavía esperan noticias de un familiar o un amigo. Con quienes perdieron su hogar, sus recuerdos más preciados o esa sensación de seguridad que todos necesitamos para vivir. También está con quienes viven en otros países y pasan estas horas con angustia, esperando una llamada o un mensaje que les confirme que sus seres queridos están bien, o se sienten con el corazón destrozado al ver tantas imágenes de destrucción y dolor.
Cuando me enteré de este terremoto, inevitablemente me acordé del devastador terremoto que destruyó Managua, la capital de mi querida Nicaragua, en 1972. Yo tenía 13 años y todavía recuerdo el miedo, la incertidumbre y cómo, en cuestión de segundos, nuestras vidas cambiaron para siempre. En esa tragedia se perdieron miles de vidas.
Quizás por eso hoy les escribo no solo como tanatóloga, sino también como alguien cuya vida fue marcada por un terremoto.
Hoy pienso en cada familia venezolana que está atravesando ese mismo miedo.
Porque un terremoto no termina cuando deja de temblar la tierra. Para muchas personas, el verdadero reto comienza después.
Comienzan las preguntas.
Comienza el miedo.
Comienza la incertidumbre.
Tal vez hoy tengás miedo de volver a entrar a tu casa. Quizás cada temblorcito que pueda haber haga que tu corazón vuelva a acelerarse. Es posible que te cueste dormir y que cualquier ruido inesperado te haga pensar que todo está ocurriendo otra vez.
Y si hoy estás llorando la muerte de un ser amado, quisiera poder abrazarte y darte mi apoyo. No existen palabras capaces de aliviar un dolor tan profundo. A veces, lo que más necesitamos no son respuestas, sino alguien dispuesto a sentarse a nuestro lado y acompañarnos en el silencio.
A lo largo de tantos años acompañando a personas en duelo, y habiendo experimentado este tipo de pérdida devastadora, he aprendido que una tragedia como esta trae consigo mucho más que la pérdida de vidas humanas.
También trae la pérdida de la tranquilidad.
La pérdida de la seguridad.
La pérdida de recuerdos familiares irremplazables.
La pérdida de sueños y proyectos.
La pérdida de la confianza de que mañana será un día como cualquier otro.
Son pérdidas de las que pocas veces hablamos, pero que también necesitan ser reconocidas y validadas.
Quizás hoy llorás.
Quizás no podés llorar.
Quizás sentís enojo.
O ansiedad.
O tal vez sentís que estás viviendo una pesadilla de la que todavía no despertás.
Cada corazón responde de manera diferente.
Y todas esas reacciones son profundamente humanas.
También pienso en quienes viven fuera de Venezuela.
Sé que la distancia también duele.
Tal vez llevás horas intentando comunicarte con tu familia. Quizás esperás un mensaje que todavía no llega. Tal vez darías cualquier cosa por estar allí abrazando a las personas que amás. Incluso podrías sentir culpa por lo que están viviendo tus compatriotas mientras vos estás lejos y a salvo.
Y también pienso en quienes, al ver esta tragedia, sienten miedo. Los desastres naturales nos recuerdan lo frágil que es la vida. Nos hacen pensar en las personas que amamos y nos confrontan con una realidad que ninguno de nosotros puede controlar.
Muchas personas me han preguntado en estos días:
«¿Cómo puedo ayudar?»
La verdad es que ayudar no siempre requiere hacer algo extraordinario.
A veces es una llamada.
Un mensaje.
Escuchar sin apresurarnos a dar consejos.
Simplemente preguntar:
«¿Cómo estás?»
«¿Qué necesitás hoy?»
Si está a nuestro alcance, también podemos ayudar con alimentos, medicamentos, refugio o apoyo económico a través de organizaciones de confianza.
Pero hay algo que espero que nunca olvidemos.
Nuestro apoyo no debería terminar cuando las cámaras de televisión se alejan del lugar de la tragedia y dejan de transmitir de manera constante.
Con frecuencia, las semanas y los meses que siguen son los más difíciles. Es entonces cuando muchas personas comienzan a sentirse solas y olvidadas.
Seguí llamando.
Seguí preguntando cómo están.
Seguí estando presente.
Cuando ocurre una tragedia, nuestras diferencias pasan a un segundo plano y lo que realmente nos une es nuestra humanidad.
Una tragedia como esta nos recuerda lo valiosa y frágil que es la vida.
El amor importa.
La compasión importa.
La bondad importa.
Estar presentes los unos para los otros importa.
En momentos como estos, quiero llevar un mensaje de esperanza y de presencia. Creo profundamente en la capacidad que tenemos los seres humanos de apoyarnos mutuamente cuando más lo necesitamos.
Si hoy tu corazón está temblando, tratate con compasión.
Permitite llorar.
Permitite recibir ayuda.
Y cuando estés listo, permitite también convertirte en una fuente de esperanza para alguien más.
No podemos cambiar lo que ha sucedido.
Pero sí podemos elegir cómo cuidarnos y acompañarnos unos a otros a partir de hoy.
Quizás…
ahí es donde comienza la esperanza.
Con todo mi cariño,
Ligia M. Houben