Yo tenía apenas 12 años cuando mi padre murió repentinamente.
Mi madre tenía 52.
De un momento a otro, perdió al hombre que adoraba, a su compañero de vida, al padre de sus hijos, y todo lo que habían construido juntos cambió para siempre.
Y apenas un mes después, perdió a su madre. Mi abuelita.
Mi mamá era sumamente cercana a ella. Tenían una relación muy especial, un vínculo muy profundo. Y yo puedo comprender lo que significaba esa relación porque yo también fui extremadamente cercana a mi madre. Sé lo que es sentir que tu madre es mucho más que tu madre. Es parte de tu vida, de tu mundo, de quien sos.
Por eso, ahora que miro hacia atrás, me pregunto muchas veces:
¿Cómo lo hizo?
¿Cómo hizo mi madre para levantarse cada mañana después de perder al hombre que adoraba y, apenas un mes después, perder también a su madre?
¿Cómo encontró la fuerza para continuar?
Yo tenía 12 años. No sabía nada de duelo. No sabía de resiliencia. No sabía de encontrar sentido después de una pérdida.
Pero estaba mirando.
Yo veía a mi madre triste. La veía llorar. Vi su dolor. Vistió de negro durante tres años.
Mi madre vivió su duelo.
Pero también la vi levantarse cada mañana y continuar con su vida.
Mi padre tenía un exitoso negocio de automóviles. Era distribuidor de Ford y, cuando murió repentinamente, la compañía necesitaba a alguien que asumiera su dirección.
Mi madre nunca había trabajado en una empresa.
Estamos hablando de los primeros años de la década de 1970. No era común que una mujer dirigiera una compañía en el mundo automotriz. Y mucho menos una mujer que nunca antes había trabajado en una empresa.
Pero le dijeron que tenía que asumir esa responsabilidad.
Y lo hizo.
Mi madre se convirtió en la presidenta de la compañía de mi padre.
Imagínense.
Tenía 52 años. Acababa de perder al amor de su vida. Un mes después había perdido a su madre. Estaba viviendo dos pérdidas inmensas y, al mismo tiempo, entrando en un mundo completamente desconocido para ella.
Pero había algo que decía una y otra vez y que yo nunca olvidé:
“Estoy continuando el legado de tu padre.”
En aquel momento, yo no comprendía realmente lo que significaban esas palabras.
Hoy sí.
Hoy entiendo que mi madre había encontrado un sentido para continuar.
Continuar el legado de mi padre no eliminaba su dolor. No significaba que había dejado de extrañarlo. No significaba que había dejado atrás su duelo.
Todo lo contrario.
Ella lo llevaba con ella.
Hablaba de él.
Mantenía vivo su nombre.
Honraba lo que él había construido.
Y continuaba lo que él había comenzado.
Su amor por mi padre se convirtió también en una fuerza que la impulsó a continuar.
Y cuando pienso en eso hoy, después de tantos años estudiando el duelo y acompañando a tantas personas, me parece profundamente significativo.
Porque muchas veces hablamos de encontrar sentido después de una pérdida como si fuera algo que tenemos que salir a buscar.
Y no siempre es así.
A veces, el sentido aparece en aquello que decidimos continuar.
En algo que hacemos para honrar a la persona que amamos.
En una causa.
En una enseñanza.
En una manera de vivir.
En algo que esa persona dejó en nosotros y que ahora nosotros llevamos hacia adelante.
Mi madre continuó el legado de mi padre.
Pero, sin saberlo, también estaba dejando un legado en mí.
Me estaba enseñando cómo seguir viviendo después de una pérdida.
No se sentó conmigo a hablarme de resiliencia.
No me explicó cómo encontrar sentido.
No me enseñó una teoría sobre el duelo.
Yo simplemente la observé.
La vi llorar.
La vi extrañar a mi padre.
La vi hablar de él.
La vi honrarlo.
Y la vi continuar.
Y eso se quedó conmigo.
Por eso, hoy les digo muchas veces a los padres y madres que acompaño en su duelo: nuestros hijos nos están observando.
Y no digo esto para que escondamos nuestro dolor. Todo lo contrario.
Nuestros hijos pueden vernos llorar.
Pueden saber que extrañamos.
Pueden escucharnos hablar de la persona que murió.
Pueden ver que hay días difíciles.
Porque también así aprenden que el duelo es parte del amor.
Pero al mismo tiempo, están viendo cómo vivimos ese duelo.
Están viendo cómo enfrentamos una de las experiencias más dolorosas de la vida.
Están aprendiendo, a través de nosotros, que podemos sentir un dolor inmenso y, poco a poco, encontrar una manera de continuar.
Yo aprendí eso de mi madre.
Y quizás la semilla de lo que hago hoy comenzó allí.
En aquella niña de 12 años que no entendía nada de tanatología, pero que estaba observando.
Yo no sabía entonces que algún día dedicaría mi vida a acompañar a otras personas en sus pérdidas.
No sabía que me convertiría en tanatóloga.
No sabía que crearía Los 11 Principios de Transformación®.
No sabía que ayudar a las personas a encontrar fortaleza, esperanza y un nuevo sentido después de una pérdida se convertiría en el propósito de mi vida.
Pero hoy, cuando miro hacia atrás, puedo ver ese hilo que conecta mi historia.
Mi padre dejó un legado.
Mi madre continuó su legado.
Y la manera en que ella vivió después de perderlo se convirtió también en parte del mío.
Hoy llevo a los dos conmigo.
Los llevo en mis recuerdos.
Los llevo en mi corazón.
Pero también los llevo en el trabajo que hago.
Cada vez que acompaño a alguien que está viviendo un duelo…
Cada vez que ayudo a una persona a comprender que puede amar profundamente a quien murió y, al mismo tiempo, continuar viviendo…
Cada vez que alguien comienza a descubrir que su vida todavía puede tener sentido…
Hay una parte de mi propia historia allí.
Está aquella niña de 12 años que observaba a su madre.
Y está mi madre, que sin saberlo me estaba enseñando una de las lecciones más importantes de mi vida:
Podemos vivir nuestro duelo y continuar viviendo.
Podemos extrañar profundamente a quienes amamos y llevarlos con nosotros.
Podemos honrar sus vidas.
Podemos continuar su legado.
Y quizás, en la manera en que elegimos vivir después de una pérdida, también vamos construyendo nuestro propio legado.
Gracias, mamá.
Hoy entiendo lo que aquella niña de 12 años todavía no podía entender.
Me enseñaste, con tu propia vida, cómo seguir viviendo después de una pérdida.
Y esa enseñanza me ha acompañado durante toda mi vida.
¡Arriba corazones!
Ligia M. Houben



